EL AHOGADO
Narran los primeros pobladores
que cierta vez salió de pesca un padre con sus dos menores hijos, adentrándose
muy cerca de la cueva "de las brujas"; contraídos en la faena no se
dieron cuenta que el atardecer cubría con su manto nocturno la bahía, empezaron
a remar cuán rápido les permitía sus energías; entre las sombras se levantó una
sombra como fantasma que rápidamente jaló a uno de ellos perdiéndose entre las
aguas. A partir de esa fecha nadie se atrevía a salir a pasear, menos a pescar
de noche, porque se oía el gemido lastimero del ahogado pidiendo
auxilio"... auxiiiliooooooo meeee aaaahogoooooo".
Esta leyenda fue convirtiéndose en terror de
los grandes y pequeños, el que llegada la tarde se encerraban en sus chozas de
caña y esteras, permaneciendo la caleta completamente desierta y en sepulcral
silencio.
ACUCCE PESKAC
La leyenda del
primer pescador Chimbotano
Los antiguos
indígenas cuentan que el primer navegante en Chimbote, el primer pescador para
ser más específicos, se llamó Acucce Peskac. Este hombre apareció por los
pedregales del sur. Le acompañaba Shumaq Qoillur, la hermosa hija más querida
de un noble consanguíneo del Inca. Ella estaba destinada a ser Achirana, y
Acucce Peskac se la había robado. Antes de él nadie se había atrevido a vivir
en esta bahía. La gente temía mucho al mar, y estaba muy acostumbrada a una
vida de cultivo.
Apenas Acucce
Peskac conoció la bahía se sumergió en ella. Le gustaba el mar. Junto con su
compañera se hicieron una choza de totoras y junco que habían recogido de
acequias aledañas. Al principio la choza se veía verde debido al matiz de sus
tallos frescos, pero con el tiempo quedó doradísima de sol.
Sumaq Qoillur
había traído hilo, y con sus largos dedos elaboraba finas redes. Por su parte,
Acucce Peskac, dedicaba todo el día a cargar sus redes. Las había atado a una
piedra por un solo costado. Ingresaba al mar y salía dejando siempre una cesta
de junco atada a cada malla, como señuelo para después buscar allí a las
víctimas.
Luego de un
tiempo intentó negociar alimentos con una tribu vecina. Ofreció cambiar pescado
seco y ahumado por semillas, frutos y vegetales. El nuevo alimento gustó tanto
a los agricultores que como Acucce Peskac no volvía fueron a su choza para
retomar negocios.
La llegada de
ese hombre intrigó mucho al principio, pero mientras más lo conocían, más lo
iban estimando. A los agricultores les interesó su extraña forma de vivir, su
cabellera larga, su porte que se diferenciaba por una altura más acentuada. Sus
canciones tristes.
Una noche, un
indígena de la tribu que adoraba a la víbora enarbolada en el cerro - este
cerro se puede ver desde la misma playa – negó unirse a la hija del jefe de su
tribu. Él estaba interesado en otra menos noble. El desacato implicaba el destierro,
así que cargó con la amada, su madre y sus hermanos menores, y se dirigió a la
bahía. Al llegar se instaló muy cerca de la choza de Acucce Peskaq. De este
modo llegaron niños a la aldea. Como ellos, fueron llegando otros, sin que se
sepa bien las razones de su decisión. Las chozas sobrepasaron las 10, y todas
muy similares. Había nacido la aldea de Los Pescadores Rebeldes.
Una madrugada
Acucce se levantó más misterioso que nunca. Usando largos filamentos de totora
seca empezó a trenzar y atar, retorcer y ajustar, hasta generar la forma de una
cónica y alargada mole que terminaba en fina punta. Había dejado un espacio
pequeño en el interior para sentarse. Montó sobre su obra, y con la ayuda de un
palo liviano se internó en pleamar. Por detrás de la Isla Blanca llegó a un
lugar donde el mar no impactaba sus olas. Allí pudo pescar más fácilmente. La
misma tarde volvió con una docena de pescados desconocidos y mucho más grandes.
Al prepararos estos demostraron una exquisites única.
Como era de
esperarse, en la aldea todos llegaron a tener su caballito de totora. La
población aumentó. El trueque se había convertido en una actividad muy
productiva. La tranquilidad aún no se perdía, aunque sí amenazaba con irse. Por
ello, quizás, una mañana no amanecieron ni Acucce Peskaq, ni Shumaq Qoillur, ni
su choza. Todos siguieron sus pasos, los niños, los nuevos vecinos, todos.
Estos se perdían en el gran valle del norte, cerca del gran río que nunca se
seca.
Fuente:
Revista Rico y Joven Chimbote.


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